Diversidad cultural en la sala de clases: ¿problema u oportunidad?

Tania Hussein es directora ejecutiva de Premiere Development Consulting
en Amán, Jordania.

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Nuestra percepción del mundo está poderosamente influida por la cultura, ya sea por los valores que sustentamos, las percepciones que adoptamos o los comportamientos que manifestamos. La cultura también determina la manera en que nos comprendemos e interactuamos unos con otros. Por tanto, los valores y las normas culturales no solo inciden en nuestras interacciones cotidianas con otras personas, sino que además se extienden a la sala de clases e influyen en los estilos de aprendizaje y de enseñanza. Durante la última década ha tenido lugar una masiva afluencia de refugiados a distintos países, en especial a los situados en Oriente Medio y Europa. Estas personas traen consigo un enorme patrimonio de diversidad cultural. Sin embargo, si no se comprenden adecuadamente esas diferencias y no respetamos su diversidad, es probable que las actitudes y los comportamientos de los refugiados sean malinterpretados. Esta situación puede contribuir aún más a su exclusión social, aumentando su sensación de aislamiento. Aceptar la diversidad cultural no es tarea fácil, pero es un requisito fundamental si se desea ofrecer oportunidades para aprender, progresar e integrarse a la sociedad.

Obviamente, los educadores de adultos poseen sus propios estilos de comunicación, que están influidos en gran medida por su entorno cultural. Pero la idea es no despojar a los educadores de sus valores, normas y percepciones. Antes bien, ellos igualmente pueden aportar un enorme caudal de valores y experiencias a los contenidos que se imparten en la sala de clases, transformando así el aprendizaje en un proceso recíproco, tal como lo recomienda la metodología del aprendizaje de adultos. Es la apertura de los educadores de adultos frente a la diversidad lo que les ayuda a los alumnos a involucrarse plenamente en el proceso de aprendizaje. Las clases de educación de adultos también proporcionan un espacio seguro donde los alumnos pueden dar a conocer sus opiniones y demostrar que poseen valores distintos sin temor a sentirse juzgados, rechazados o estereotipados. Esta atmósfera de aceptación e inclusión no solo redunda en beneficio del proceso de aprendizaje, sino que además cumple una función esencial cuando se trata de minimizar los efectos de la angustia que embarga a muchos refugiados, la cual se ve a menudo exacerbada por una sensación de aislamiento.

Reconocer las diferencias culturales que los refugiados le aportan al país de acogida en general, y a la sala de clases en particular, es una condición fundamental para fomentar una cultura de inclusión que se contraponga a la creación de sociedades xenófobas carentes de tolerancia hacia las personas que son “diferentes”. De igual manera, es preciso que los alumnos refugiados se familiaricen con los valores y principios fundamentales que prevalecen en el país de acogida, para que así sea posible crear un clima de coexistencia pacífica. En las clases de educación de adultos los instructores son conscientes de la influencia que ejerce la cultura en los procesos de aprendizaje, y en consecuencia se esfuerzan por adaptar las diferencias culturales de tal manera que constituyan un apoyo para el ambiente de aprendizaje. La educación de adultos es, en esencia, como un bote salvavidas que traslada a alumnos de diversas culturas hasta una playa segura, ¡y les permite volver a abrigar esperanzas!